Canarias celebra hoy su festividad, que es además un cumpleaños, porque el 30 de mayo de 1983, una vez aprobado el Estatuto de Autonomía en agosto del año anterior, se constituyó nuestro primer Parlamento elegido democráticamente. Por tanto, son apenas veintinueve años de autonomía política, una edad, quizás la mejor edad, en la que la juventud comienza su paulatino ocaso camino de la madurez temprana.
.
Pero nuestra personalidad regional (o nacional, como quieran, todo dependerá de su acepción, de su concepción), nuestra confluencia de sentimientos insulares no nació un día de mayo de 1983 ni tampoco, con la aprobación de su norma institucional básica, un día de estío de 1982, nuestro terruño adquirió la concepción de unidad, de autonomía, de sentirse un solo pueblo, realmente el 11 de julio de 1912, con la aprobación de la Ley de Cabildos. En consecuencia, pronto cumpliremos cien años de esa percepción, de ese convencimiento. Antes de esa fecha, a mi juicio, no teníamos conciencia real de región (de nación menos, por supuesto), porque nuestra mentalidad apenas sobrevolaba cada territorio insular. Creo que, hasta ese momento, éramos más una mera sucesión de islas, apiladas en medio del Atlántico y sin atisbo alguno de cohesión, que un auténtico archipiélago, más allá de referencias geográficas, donde ninguna isla valiera más que otra. Nos sentíamos, nos adivinábamos, pero no esgrimíamos un proyecto en común, formábamos más una familia por poderes que una real, en la que nos tocamos y nos abrazamos.
Solo Tenerife, Gran Canaria y La Palma disponían de representación parlamentaria, las primeras además se perdían en un pleito sin sentido que casi frustra la aspiración de vivir en común y pacíficamente, ninguna isla tenía un gobierno insular propio que le diera entidad suficiente para administrar la vida de relación de sus pueblos y para defender sus intereses en pie de igualdad ante sus hermanas y la Diputación, en fin, poco se preocupaba de los problemas isleños cuando no afectaban a la isla de Tenerife, donde radicaba.
La Ley de Cabildos de 1912 supuso la visualización definitiva de un archipiélago que no se limitaba a Tenerife y Gran Canaria, en el que islas como Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera o El Hierro disponían por fin de voz propia y no de la impostada que representaba la isla capitalina que le tocase. A decir verdad, aquella ley fue el resultado de un esfuerzo formidable por el consenso, en el que sobresalió la altura de miras de quienes intervinieron en su elaboración, y sirvió sin duda para reconocernos como un mismo pueblo, sin tachas ni discriminaciones trasnochadas. Así lo supo entender también España, bastó que posará por fin su mirada en aquel territorio y en aquel paisanaje ubicados entre brazos de mar que en lugar de separarnos nos unían más cada día.
Por eso declaro mi particular querencia por que sea el 11 de julio el verdadero día de Canarias, ya que aquella jornada de 1912 el denuedo, la lucidez y la generosidad de todas las islas, representadas por personajes como Pedro Pérez Díaz (La Palma), Manuel Velázquez (Fuerteventura), Benito Pérez Armas (Lanzarote y Tenerife), Ramón Gil-Roldán (Tenerife), Antonio Domínguez Alfonso (Tenerife y La Gomera) o Luis Morote (por Gran Canaria), permitieron que brotara en Canarias la conciencia de ser un solo pueblo más allá de piques insensatos de aparente liderazgo o de una realidad geográfica insular que no supimos explicar hasta ese momento porque -probablemente- ni nosotros mismos habíamos reparado de verdad en ella.








