lunes, 3 de julio de 2017

A PROPÓSITO DE "ALMA"

Me encontré con Alma hace pocos días al salir del trabajo. Aunque quizá deba decir: me reencontré con Alma, porque Alma y yo siempre mantuvimos una conexión especial desde primaria, una de esas conexiones “amarillas” de las que con tanto acierto habla Albert Espinosa. Con el tiempo –después compartimos también secundaria y bachillerato-, llegamos incluso a convencernos de que estábamos unidos por ese legendario hilo rojo de la tradición china, una fina hebra imperceptible que nos mantiene asidos de por vida por mucho que nuestras peripecias personales se separen y sigan caminos diversos. 

Recuerdo la muñeca rota que aquella anciana mujer, a su muerte, le regaló –¿se llamaba doña Nati?- y que, al principio, tanto le disgustó. También la nota que la acompañaba, que le advertía de que allá donde estuviese su corazón, encontraría su tesoro. Aquella nota le compelía a seguir su leyenda personal, a perseguir ese propósito de vida donde la felicidad le esperaba. Era el consejo de los indios mayas guatemaltecos: “Cuando tengas que elegir entre dos caminos. Pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quién elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. Y así, cuando terminó sus estudios de Medicina, Alma no dudó en incorporarse a Médicos del Mundo, y pronto se fue a “trabajar”, a ayudar en un país devastado por la guerra como Mozambique. Se instaló en un pequeño hospital del interior, a quinientos kilómetros de Maputo, donde fue feliz entre la miseria, donde se hizo fuerte con la adversidad. Allí confirmó lo que doña Nati le había querido explicar cuando le legó con tanto cariño aquella muñeca a la que le faltaba un brazo: que las cosas no son perfectas, que las cosas son especiales. Entre bantúes encontró a muchas personas lisiadas, enfermas, imperfectas… pero que, al cabo de su historia, eran ¡tan especiales! 

Alma había vuelto por su madre. Habían pasado más de diez años desde la última vez que la había visto. Su madre vivía en la misma residencia de ancianos construida durante la Transición en la que había trabajado como limpiadora. El centro, al principio, solo aceptaba a personas válidas, pero desde hace algún tiempo permitía el ingreso de personas dependientes. Su madre, que con más de 80 años conservaba una lucidez envidiable, había acabado postrada en una silla de ruedas, que la limitaba en extremo. Alma pensaba que ahora su corazón estaba aquí, y no en Mozambique o en la India a donde se había trasladado más tarde. En estos instantes de su vida era su madre la que se le aparecía con nitidez en su particular “dharma”. 

Me contó que probablemente se quedaría en la isla si conseguía plaza en el Hospital insular. En realidad, nada le ataba a ningún sitio que no fuera este. Hacía más de ocho años que se había divorciado, y no tenía hijos. Yo estaba convencido de que aquel “reencuentro” no era casual, que el universo había tenido algo que ver, que de alguna forma habíamos tirado los dos –cada uno de un lado- de ese hilo rojo que nos mantenía unidos desde la niñez. 

Alma era capaz de ver más allá de las apariencias. Los consejos de doña Nati y su experiencia con Médicos del Mundo la habían convertido en una persona que no prejuzgaba, que se interesaba de verdad por el otro, precisamente por eso, por ser otro, y que no se limitaba a oír, sino que escuchaba con atención. Alma sabía que cada persona podía esconder en su interior talentos insospechados. Decía Víctor Hugo que la realidad es el alma, que el cuerpo humano es solo la apariencia. Su nombre ya era premonitorio. 

La llamé al cabo de una semana. No quería importunarla antes. Me confirmó que se quedaba en la isla. Le propuse recorrer los lugares de nuestra infancia y de nuestra adolescencia. No dudó en aceptar la invitación. Me dijo que a mí no podía negarme nada, que realmente éramos una suerte de “amarillos especiales” y que siempre me había tenido presente, incluso en los momentos más difíciles, tanto en Mozambique como en la India. A partir de entonces me sentí en paz. Era difícil no estarlo con Alma cerca. Cuando se es feliz de verdad -y Alma lo era-, es fácil contagiar la felicidad. 

*"Alma" es un cuento escrito por María D. Pérez, y publicado por el Cabildo de Gran Canaria en el marco del proyecto Gran Canaria Accesible. Relato delicado y con alma, que recomiendo. Esta entrada resalta sus puntos en común con "La posada de los secretos" y se recrea en su personaje principal, ya de mayor. Es mi pequeño homenaje al tierno y certero relato de María D. Pérez.

viernes, 30 de junio de 2017

LOS INICIOS DEL BALONCESTO EN TENERIFE

Está comúnmente aceptado que el precursor del baloncesto en Tenerife fue el isorano Enrique Alonso (1907-1991), que lo aprende y juega en Cuba, de donde regresa en 1933, y que organiza el primer club de baloncesto tinerfeño, el Olimpic BBC de La Laguna, en 1935 (Llanos, García, Pardillo y Díaz). Alonso ya reconocía en 1944 que era en La Palma dónde se había empezado a practicar el todavía denominado “basket-ball” y aseguraba que, a su llegada a Tenerife en febrero de 1933, no había baloncesto en la isla. Los primeros partidos informales (algunos soldados ya lo hacían desde 1934) se celebran en un anexo al campo de fútbol del Hespérides en La Laguna, junto al Cuartel de Artillería, en los que, además de Alonso y Rafael Llanos, participan los palmeros Carlos Yanes y Acenk Galván, residentes en La Laguna por razones de estudios. Como consecuencia de ello se constituyen en 1935 dos equipos: el Batería (por la Batería de Montaña), en el que destaca Batista, y el Hespérides, en el que sobresalía “El cubano”, que pasan a competir entre ellos. Probablemente este Hespérides sea el Olympic BBC de Alonso, y él mismo sea al que denominaban “El cubano”. 

En julio de 1936, en el Stadium del C.D. Tenerife y en el antiguo campo del Hespérides, tienen lugar dos enfrentamientos entre las selecciones de Tenerife (Enrique, Antonio, Julián, Avelino y Alonso) y La Palma (Sergio, Severo, Manuel, Kerensky y Miguel), organizados por el Comité Pro Olimpiada Popular de Barcelona (una especie de “Olimpiada” paralela a la de Berlín). De esos encuentros sale una selección canaria para participar en aquella peculiar “Olimpiada”, a celebrar entre el 19 y el 26 de julio, que finalmente forman sólo jugadores palmeros, más el tinerfeño Enrique Alonso, vista la superioridad demostrada por el “quinteto” de La Palma (donde ya se jugaba seriamente desde 1933) en ambos partidos (ganando el trascendental encuentro del Stadium por 31-11). Sin embargo, el viaje a Barcelona, previsto para el día 18, lo frustra de raíz el levantamiento militar. 

Ya en 1937 Álvaro González crea el Lord Clive (González, Vera, Rodríguez, Pérez y González de Chaves) y un encuentro entre este equipo y el Olympic, con victoria del segundo por 15-13, sea quizá el primer partido oficial o semioficial celebrado en Tenerife en mayo de 1937. Poco después se fundan el Manchester, el Rocambole y el Snovit Club, todos de La Laguna y de vida bastante efímera. El Rocambole suele formar con Hugo, Túbal, Rubio, Panchito y Narciso, y el Olympic con Juan, Pedro, Lorenzo, Ignacio, Antonio y Enrique. 

jueves, 13 de abril de 2017

APUNTES SOBRE LA SEMANA SANTA DE LOS LLANOS DE ARIDANE

Santo Encuentro
Las procesiones más antiguas de la Semana Santa de Los Llanos de Aridane se remontan a la primera mitad del siglo XVII, y son probablemente las del Crucificado y el Santo Entierro del Jueves y Viernes Santo, respectivamente. En ambas intervenía el llamado Cristo del Pueblo, un Cristo articulado, que hacía las veces de crucificado y yacente, y una desaparecida Virgen de los Dolores. Durante el setecientos se incorpora la procesión del Nazareno, que se celebra la tarde del Miércoles Santo. La imagen titular es obra del pintor y escultor palmero Bernardo Manuel de Silva (1655-1721), que labra también una Dolorosa, conocida como Nuestra Señora del Retiro, que con el tiempo se hará omnipresente en la Semana Mayor llanense. A mediados del siglo XIX comienzan a efectuarse las procesiones del Señor del Huerto, primero en Lunes Santo y luego la tarde del Domingo de Ramos, y del Señor de la Columna con la Virgen de los Dolores, el Martes Santo también en horario de tarde. La primera con la efigie de Marcelo Gómez de Carmona (1725-1791), que antes procesionaba en Santa Cruz de La Palma, donde –imbuida su Semana Santa del neoclasicismo imperante- se había encargado otra a Nicolás de las Casas, y la segunda con la de otro destacado imaginero local, Aurelio Carmona López (1826-1901). Esta es, pues, la Semana Santa con la que nos encontramos en Los Llanos de Aridane al principiar el siglo XX, marcada por lo más granado de la imaginería local. El programa se completaba con las celebraciones de Ramos y con la procesión del Santísimo en la madrugada del Domingo de Resurrección, que comparten una tradición secular.

Cristo de la Salud
Durante la centuria novecentista la fisonomía de la Semana Mayor de Los Llanos no va a variar, y mantendrá esa fidelidad a la cronología de los misterios de la Pasión, que es característica señalada de nuestra Semana Santa insular. Pero, si dejamos al margen los periodos más agitados dominados por el anticlericalismo o, cuando menos, el indeferentismo, las representaciones cultuales en la calle se verán enriquecidas con la incorporación de nuevos pasos y procesiones. En 1912 se traslada por fin a la parroquia matriz de Nuestra Señora de los Remedios (desde su adquisición por la familia Kábana en 1862) el denominado Cristo de la Salud (originariamente en Santa Cruz de La Palma, en el antiguo Hospital de los Dolores de la calle de la Cuna), que desde 1928 será el crucificado que desfile durante la tarde del Jueves Santo, a la finalización del lavatorio de pies y del sermón del mandato. Este Cristo de pasta de maíz, de procedencia mexicana (siglo XVI), en el que se utiliza la técnica propia de los indios tarascos, es la escultura más antigua de la Semana Santa de esta ciudad. Su procesión, cuyo paso estrena trono en 1955, deja de efectuarse en 1961, por el mal estado de la talla, y se recupera en 2003, con la efigie adecuadamente restaurada y con nuevo horario de salida, las siete de la mañana del Viernes Santo. Sin duda, las procesiones del Nazareno, del Crucificado y del Santo Entierro seguían conformando la columna vertebral de la Semana pasionista en la capital del Valle de Aridane, pues, además, son las únicas que salen en 1935, en plena II República.

Procesión del Señor
del Huerto (S.XX)
En los años cincuenta se configura de manera definitiva la Semana Mayor llanense, con un desarrollo sin precedentes. Previamente, en 1947, empiezan a desfilar en la procesión del Santo Entierro todos los pasos de la Semana Santa, por lo que, con el tiempo, se calificará de “procesión magna”. En 1954 se comienza a procesionar durante el Viernes de Dolores. Las diez de la noche es la hora fijada y la imagen de Nuestra Señora del Retiro, la titular del vía crucis penitencial. Al año siguiente (1955), adquirida en los talleres de El Arte Cristiano de Olot (Gerona), sale por primera vez la efigie del Señor de la Burrita en la procesión de Jesús entrando en Jerusalén, que, extrañamente, se programa para la tarde del Domingo de Ramos (entre las seis y la siete, según los años) y no en el marco de la procesión litúrgica de la mañana. Desde 2002, empero, la carismática imagen forma parte de la procesión de la mañana. Esta incorporación fuerza el traslado de la procesión del Señor del Huerto para el Lunes Santo, que saldrá (como la del Señor de la Columna del Martes Santo) entre las siete y las ocho de la tarde, según los años. El paso con la imagen de Marcelo Gómez estrena un nuevo Ángel confortador en 1955, resultado de un arreglo realizado sobre una antigua efigie retirada del culto. El mismo año, con motivo de los cambios en la liturgia, la procesión del Santísimo Sacramento se traslada al mediodía del Domingo de Pascua, a partir de las doce de la mañana.

Cristo de Argual
En 1956 se efectúa por primera vez la procesión del silencio del Cristo de Argual, desde la ermita de San Pedro Apóstol del popular barrio llanense donde se venera hasta la parroquia matriz. Las once y media de la noche es el horario previsto. El imponente crucificado, de arraigada devoción, es, no obstante, una imagen seriada salida también de los talleres de Olot. La procesión, sin embargo, deja de celebrarse a los pocos años (1960), por incompatibilidades con los actos de la liturgia. Se recupera en 1976, a hora más temprana, las diez de la noche, con el mismo destino (hoy sale a las nueve y media de la noche). Los cambios en la liturgia también imponen en 1957 el traslado de la bendición de las palmas y olivos del Domingo de Ramos desde la parroquial de Los Remedios al colegio Nazaret. Desde hace décadas tiene lugar en la plaza de la Fuente, en los aledaños de la iglesia matriz. Un año después (1958) se estrena en la Semana Santa la efigie flamenca de Nuestra Señora de las Angustias, que recibe veneración en la ermita del barranco de su nombre. En lo sucesivo, lo hará de forma puntual hasta la actualidad.

domingo, 26 de febrero de 2017

AQUELLA FIESTA DE MI COLEGA PALMERO

Un colega de la isla de La Palma, con el que coincidí en un seminario para abogados hace casi diez años, me habló una vez con entusiasmo de una fiesta bastante original que se celebraba en su isla. Me contaba que en La Palma el lunes de Carnaval los lugareños no se disfrazaban con graciosas alegorías ni con variados ropajes de distinto pelaje, sino que la mayor parte de la población intentaba emular a los primeros indianos que abandonaron la isla a finales del siglo XIX y principios del XX con dirección a Cuba,  huyendo de la extrema pobreza que asolaba al archipiélago cuando las anilinas sintéticas acabaron con el fabuloso negocio de la cochinilla, entonces el principal producto exportador de las islas canarias, para luego volver enriquecidos vistiendo sus mejores ropas y portando valiosos ajuares. La fiesta -puntualizaba el canario- comienza desde muy temprano, aún en horario matutino, y no tiene hora de cierre, amanece el Martes de Carnaval, pero ten en cuenta -apostillaba- que el jolgorio -en esto insistía mucho- se completa con una lluvia sostenida de polvos de talco que entre todos nos tiramos que logra teñir de blanco la ciudad, un pequeña capital insular de traza portuguesa o colonial, durante varios días.

La verdad es que siempre albergué la esperanza de conocer aquella fiesta tan singular que me había referido mi colega palmero con tanta pasión. Así que el año pasado decidí que ya había llegado la hora de disfrutar de tan genuina astracanada. Pero no fue fácil preparar el viaje, porque encontrar vuelos para llegar a la isla desde la Península a precios razonables no resulta -por lo general- bastante sencillo. Comprendí, por supuesto, lo que el mismo colega me contaba entonces con cierta desazón: que la isla no terminaba de despegar en la industria turística por problemas de conectividad. Finalmente opté por viajar directo desde Madrid, pese a que si lo hacía con escala en Tenerife el precio -sorprendentemente- era menor (dos vuelos y dos compañías distintas). Con pocas opciones, no tuve más remedio que aterrizar en La Palma el sábado de Carnaval, así que -como no hay mal que por bien no venga- pude disfrutar de otras de las ocurrencias de la población insular, "Los embajadores", una particular bufonada que recrea una recepción consular de cientos de representantes internacionales, que desfilan por su arteria principal, la calle Real.

Por lo demás, hice bien en comentarle a mi viejo colega el viaje con cierta antelación, porque de no ser así no hubiese encontrado un alojamiento relativamente cercano a la fiesta. Me contó que estos días son los únicos a lo largo del año que los establecimientos hoteleros y extrahoteleros de esta "banda oriental" de la isla (allí las zonas van por "bandas") cuelgan el cartel de "completo". El lugar era una pensión modesta, como las de antaño, con escaleras de madera que crujen a su paso, que me recordaba a la parisina que recrea Ninette y un señor de Murcia, la conocida comedia de Miguel Mihura. Pero el establecimiento estaba en el centro de la fiesta, en plena calle principal, justo al lado de la sede del ombubsman canario. Además su nombre hacía honor a la celebración: pensión "La Cubana", así que me encantó el sitio, incluso -pensaba- podría recluirme allí en cualquier momento del jolgorio con ocasión de una contingencia inesperada, un apretón, por ejemplo, o simplemente para refrescarme la cara de los polvos si al final resultaban más molestos de lo previsto.