jueves, 16 de junio de 2016

RECOMENZAR

Pamplona-Puente de la Reina (24 km)
Recomenzamos en Pamplona. Cuestión de principios: nunca renunciemos a volver a empezar, cuando toque, cuando resulte necesario, cuando sea la mejor opción. Esta etapa suele ser la cuarta del Camino si lo iniciamos en St. Jean-Pied-de-Port, pero cualquier sitio es bueno para retomar el Camino. Antes de partir, no solo nos dio tiempo a visitar la catedral y su claustro, para algunos el más bello de Europa, sino también a pasear por las calles del encierro (Estafeta, Cuesta de Santo Domingo, Ayuntamiento…), a convocarnos en la concurrida plaza del Castillo, donde tomamos un té en el legendario Café Iruña, y a saludar, por fin, a San Fermín en la iglesia de San Lorenzo. Como siempre, no íbamos solos. Dice Cecelia Ahern que “el tiempo no se puede regalar, pero se puede compartir”.
Tardamos en salir de la ciudad. Nos habíamos hospedado en un hotel con recepción automatizada y muy económico, pero lejos del centro, digamos que a desmano, y regresar a la senda jacobea no nos resultó sencillo. Fuimos en busca del Portal de Francia, la puerta que mejor se conserva del recinto amurallado, erigida en 1553 por el duque de Ahumada, virrey de Navarra, y por donde acceden a la ciudad los peregrinos del Camino Francés. Es una máxima que suele cumplirse con cierta compulsión: cuando más nos alejamos del camino correcto, más nos cuesta retomarlo, encontrarlo nuevamente. Para recomenzar fue una etapa fatigosa, con constantes repechos y desniveles, que semeja a la vida misma que, aunque en su mayor parte se atraviesa en llano, está repleta de altibajos, y unas veces estás arriba y otras, abajo. Al menos el día estaba nublado, lo que facilitó la marcha.

Desde el principio, nos encontramos con multitud de peregrinos, la mayoría extranjeros. Con el tiempo caes en la cuenta de que el grueso de los españoles se incorpora al Camino en etapas más avanzadas. Durante los primeros kilómetros apenas nos topamos con pueblos de verdad: Cizur Menor, a menos de tres kilómetros de la urbe, es más bien una urbanización de ensanche a las afueras de Pamplona. Desayunamos en Zariquiegui, una bonita aldea en la ladera del monte, de casas blasonadas, donde el andadero comienza a empinarse en dirección a la Sierra del Perdón. El Alto del Perdón es un fabuloso mirador de la capital y su comarca, donde todos los peregrinos reponen fuerzas y se fotografían junto un curioso monumento de hierro que muestra las siluetas de otros caminantes a pie y a caballo. De lejos atisbamos las montañas de Montejurra y Arnotegui. La acusada y pedregosa bajada también fue dura. Y es que a veces las bajadas son más sufridas que las subidas, aunque los paisajes que divisábamos mientras descendíamos mitigaban la severidad del esfuerzo.

Previo paso por Uterga, en Muruzábal (dicen que se sirven los mejores huevos fritos de Navarra) un niño nos invitó a limonada por la voluntad. El refresco sirvió para que nos hidratáramos, porque por lo general apenas bebemos agua durante la marcha. En ese punto, si nos desviamos solo dos kilómetros, podemos visitar la iglesia de Santa María de Eunate. Pero debíamos economizar el aliento, priorizar, porque nos estábamos ya para muchos trotes. La noche anterior habíamos leído a Frédéric Lenoir que, en su tratado filosófico sobre la felicidad, nos advierte que “ser feliz es aprender a elegir. No solo los placeres apropiados, sino también el camino, el oficio, la manera de vivir y de amar.” Vivir bien, apostilla, es aprender a no responder a todos los estímulos, a jerarquizar las prioridades. Aprendimos la lección.
A continuación, disfrutamos de una localidad bellísima, como encaramada a un cerro: Obanos, un pueblo de apenas setecientos habitantes, conocido también como la Villa de los Infanzones, porque era donde estos se reunían para limitar el poder del rey de Navarra. La etapa acabó en Puente la Reina, la Ponte Regina del siglo XI, así llamada por doña Leonor, esposa de Sancho el Mayor que promovió entonces la construcción del puente de seis arcos sobre el río Arga para facilitar el paso de los peregrinos. Puente la Reina es un pueblo absolutamente ligado al Camino, donde se junta el Camino Aragonés y el Camino Navarro. Una localidad de recio abolengo, muy animada, con casas y palacios señoriales a lo largo de su calle Mayor. En ella nos encontramos con la singular iglesia del Crucifijo, un templo del siglo XV, ligado a la Orden de San Juan de Jerusalén, y compuesto de dos naves yuxtapuestas, una de estilo románico y otra de estilo gótico. Esta última cobija un original cristo del mismo estilo, inmolado en una peculiar cruz en forma de y griega, que es una de las imágenes más sugerentes del Camino.
El hotelito para pernoctar (una cuidada hospedería privada, Jakue, también albergue) quedaba a las afueras, a unos setecientos metros del centro del pueblo. Comimos y cenamos el menú del hotel, pues era además una de las mejores ofertas. Ya en el catre, pasamos revista a la jornada. Habíamos recomenzado el Camino acometiendo un nuevo tramo, apenas cuatro etapas. Pero somos del parecer del escritor norteamericano Frank Clark, que aseguraba que, aunque todo el mundo se empeña en realizar algo grande, como afrontar todo del Camino de una vez -se nos ocurre-, la vida, realmente, se compone de cosas pequeñas.

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