domingo, 2 de agosto de 1992

DEJADLO SOLO

J.J. Rodríguez-Lewis
Publicado en La Gaceta de Canarias, el 2 de agosto de 1992

Maldita soledad.
Cruel compañera.
Puñal de extensa
Hoja que revienta
Las entrañas
de los poetas.
[2]

Quería, inquiría que lo dejaran solo. Para ello, se trasladó a vivir al interior, a orillas de un río revuelto y bajo un acantilado marchito. Se llevó consigo apenas lo indispensable para sobrevivir. Emocionalmente estaba destrozado. Con frecuencia, rompía a llorar como un horizonte tierno, ahogando su sufrida entereza en la levedad de un ser distinto. Diariamente, al levantarse, fijaba involuntariamente su mirada en un levantisco entendimiento. El entendimiento no era otro que un mar furioso, cual hembra encolerizada, intentando huir, vaciarse de una verdad aún no amortajada por el tiempo.

Quería que lo dejaran solo. Así lo compredieron sus amigos y pronto desaparecieron. Nunca más fueron a visitarlo. A los miembros de su familia, padres y hermanos, les costó más, pero al final también lo entendieron y se apartaron casi sin hacer ruido. Anhelaba volver a nacer, cumplida por fin la sentencia de la irresoluta vorágine que fue un cuerpo abigarrado de sin pares atributos. ¡Dejadme solo!, repetía con insistencia. Había sido castigado por el frenético vaivén de un viento enardecido y ahora devolvía miradas al cielo como oraciones que se intuyen en la contemplación divina. El lugar que había encontrado era de lo más triste, encrespados los molinos, tales fantasmas quijotescos, y enfermos los árboles como escuchimizados por el sollozo de unos atardeceres amargos.

Lo más gracioso de todo era que no hacía tanto que maldecía la soledad. La llamaba asquerosa inmundicia capaz de socavar la felicidad de los hombres. Cruel compañera, puñal de extensa hoja que revienta las entrañas de los poetas, también argüía. Tenía sed de existencia compartida. Pero ahora todo había cambiado.

En estos momentos necesitaba de la soledad, del silencio, de la ausencia de mensajes ajenos a uno mismo. La soledad, el silencio, suponían para él una alternativa a los hechos y a las cosas, implicaba el no tener o el no hacer en un determinado momento, una alternativa a la vida frívola, como única posibilidad de alcanzar satisfacciones y encadenar ilusiones que dejan de serlo al conseguirse. No se trataba, pues, de una aniquilación de las circunstancias, sino simplemente de su no utilización a voluntad propia. Necesitaba disponer de un largo espacio de tiempo en el que le inundara la soledad y el silencio gritara en su interior para encontrar, en ese grito, su propia identidad.

Sólo así podría intentar sosegar la violencia de los ríos y apaciguar la ira de insatisfacción de los mares honestos. Sólo así podría, cuando menos, intentar eternizar el escudo de los precipicios y entender el despertar espasmódico del viento. Sólo así –estaba convencido- podría nacer nuevamente el sentido de su vida.

[2] De Soledad, mayo de 1985.

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