Vuelvo a retomar el POST de las recomendaciones: un libro, una canción o una película, o varias, por supuesto. Si pueden y quieren, expongan también por qué les ha gustado. La o lo compartiremos. Como siempre, muchas gracias. Un abrazo.
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jueves, 25 de noviembre de 2010
LIBROS, CANCIONES Y PELÍCULAS
Vuelvo a retomar el POST de las recomendaciones: un libro, una canción o una película, o varias, por supuesto. Si pueden y quieren, expongan también por qué les ha gustado. La o lo compartiremos. Como siempre, muchas gracias. Un abrazo. jueves, 18 de noviembre de 2010
CANDIDATA AL PODER
(The contender, EEUU, 2000)
Cuando el vicepresidente de los EE.UU. muere de forma repentina, la senadora Laine Hanson (Joan Allen) es escogida por el presidente para reemplazarlo. Para ello, Hanson tiene que demostrar, no sólo a la oposición, sino también a sus compañeros de partido, que es una política lo suficientemente válida para desempeñar las responsabilidades de dicho cargo. Sin embargo, durante las audiencias de confirmación, el congresista Shelly Runyor (Gary Oldman) desenterrará información sobre su vida personal que pondrá en peligro su nombramiento.
El film de Rod Lurie es una película que se desarrolla entre dos aguas. Por un lado, el argumento se recrea sobre el dilema que subyece en la práctica política, el enfrentamiento constante entre integridad y corrupción, entre coherencia y el poder a cualquier precio. En esta dirección, en una escena en la que se encuentran reunidos el candidato preterido y el congresista Runyor, a aquel le ofrecen la posibilidad de ser el próximo vicepresidente si ampara una campaña difamatoria contra la candidata Hanson. En la misma escena, uno de los asistentes afirma: “Tenemos que ir a por ella, tenemos que hacer que se ahogue en su propia sangre” (…) “Tenemos que pinchar a esa zorra en el vientre”. Por otro, los escándalos sexuales se muestran como el núcleo gordiano de los obstáculos con los que se encuentra la candidata en su campaña. Pero, en la película también aparecen los prejuicios por la condición de mujer de la candidata y la reflexión -que sobrevuela durante toda la película- de hasta qué punto la vida privada debe tenerse en cuenta a la hora de elegir a los cargos públicos. El nivel de vileza y de bajeza moral al que pueden llegar los políticos se observa asimismo en otro de los candidatos que, con el fin de alcanzar sus pretensiones, llega a simular un accidente de tráfico, en el que intervendrá de forma heroica, con el único propósito de aumentar su popularidad.
Sin embargo, como siempre ocurre en las películas norteamericanas, el sistema democrático estadounidense terminará por triunfar, colocando en su sitio al miserable gobernador y revelando como inciertas las supuestas veleidades sexuales de la protagonista, aunque ya no interesen a nadie. Es más que revelador el discurso patriotero del presidente (Jeff Bridges), y sus desmedidas alabanzas a la democracia norteamericana.
La protagonista, la candidata Hansen, representa el personaje de excelencia ética. Los asesores del presidente le proponen que al menos niegue los hechos que se le imputan (unas supuestas relaciones orgiásticas a los 19 años en la universidad –aparentemente intercambió favores con unos cuantos hombres para poder entrar en una hermandad-, de las que hay fotos y testigos). “Esta nación puede digerir muchas cosas, pero lo que no puede digerir esta nación es la imagen de una vicepresidente con la boca llena de pollas”, le dicen. Ella renuncia a defenderse y responde que no lo niega “porque está por debajo de mi dignidad”. Durante la conversación final entre el presidente y la senadora, el alto mandatario le reprocha su silencio: “Podías haber mirado a esos imbéciles a los ojos y haberles dicho la verdad bajo juramento (…) o al menos podías habérmelo dicho a mi”. Pero Hanson insiste en su posición y contesta: “Pero en realidad tampoco era asunto suyo”. La senadora también se niega a participar en una conferencia de prensa exculpatoria, que daría el propio presidente, y sentencia sus inquebrantables principios con la siguiente frase lapidaria: “Los principios solo significan algo si te atienes a ellos cuando son inconvenientes (...). Si hubiera contestado a las preguntas aunque sólo fuera para exonerarme, habría resultado correcto que ellos me las hicieran y no lo es”. En otra interesante escena, en la que charlan el congresista Shelly Runyor y su mujer sobre el necesario comportamiento ético, esta le recrimina la comentada campaña difamatoria y le espeta con un “quedarás como un John McCarthy de segunda”.
Finalmente, la intervención del presidente de EE.UU. en una sesión conjunta del Congreso, con la que acaba la película, constituye todo un alegato en favor de la ética pública. Bridges, en su papel de presidente norteamericano, comienza con una cita de Napoleón: “Para alcanzar el poder hay que mostrar una sencillez absoluta; para ejercer el poder, es necesario mostrar verdadera grandeza”, para luego criticar el comportamiento del Congreso y abogar por que, en cualquier caso, impere la justicia, la verdad y por que el sueño americano lo sea sin distinción de género. Avanza que “una mujer va a ejercer en el lugar más alto del ejecutivo” y solicita una votación a viva voz por su confirmación, un voto que también lo es contra las medias verdades, la mentira, las insinuaciones, el partidismo, la misoginia y el odio.
2 nominaciones a los Oscars 2000: Mejor actriz (Joan Allen), actor secundario (Jeff Bridges)
2 nominaciones a los Globos de Oro 2000: Mejor actriz (Joan Allen), actor secundario (Jeff Bridges)
miércoles, 7 de abril de 2010
CANCIONES, LIBROS Y PELÍCULAS
Abro nuevamente un post para comenzar una nueva oleada de sugerencias y recomendaciones sobre las canciones, libros y películas que más nos hayan gustado, impactado o hecho reflexionar, y que, a buen seguro, provocará reacciones similares en otras personas. El post anterior ya llevaba 46 comentarios, y merecía una oportuna "jubilación", permaneciendo, no obstante, en el archivo de esta bitácora, por si quieren volver sobre él.
Las preferencias recomendadas las subiré a los apartados correspondientes al margen de este blog, como venimos haciendo hasta ahora. Si son muy antiguas, no subirán a los top 20, porque la idea de esta lista es que sea lo más actual posible.domingo, 13 de diciembre de 2009
EL JURADO
Basada en la novela homónima de John Grisham, “El Jurado” es una película que gravita sobre los valores de la ética, la justicia, los valores democráticos y la generosidad. La viuda de una víctima de una masacre demanda al fabricante del arma homicida, una importante industria armamentística. La apuesta es fuerte y el juicio será explosivo. Hay millones de dólares en la balanza y un especialista en jurados sin escrúpulos, Rankin Fitch (Gene Hackman) pretenderá por todos los medios garantizar que el jurado sea favorable a su cliente (la empresa de armas). La tensión crece hasta que se descubre que uno de sus miembros, Nick Easter (John Cusack) intenta manipularlo. Entonces las tornas cambian. ¿Qué puede ocurrir cuando todos los implicados en un caso están dispuestos a hacer cualquier cosa por ganar? La película constituye una estremecedora revelación sobre la manipulación y “compra” de un jurado, la máxima representación de la participación ciudadana en la justicia. En una conversación entre Fitch y Easter para cerrar un trato para comprar el veredicto, este último señala: “Comercio, política, deporte. ¿Qué no es corrupto? ¿Existen los jurados objetivos?”.
El personaje de moral inquebrantable, recta e incorruptible lo representa Wendall Rohner (Dustin Hoffman), un abogado sureño de consistentes principios y un sincero interés por su causa. Como en otros trabajos cinematográficos, su integridad y honradez se pondrán a prueba, sin éxito. Rohner, ante la oferta de Marlee (Rachel Weisz), la compañera del testigo infiltrado, que le plantea comprar el veredicto, le interroga de esta guisa: “¿Quién le hizo daño? ¿Quién la convirtió en lo qué es? ¿Cómo puede comportarse así?" Al final del film, el abogado Rohner decide rechazar la oferta: “Por mucho que quiera ganar este caso, y quiero ganarlo, después de 35 años de dedicarme a esto, creo que es más importante poder dormir tranquilo por las noches (…) Me arriesgaré, no le daré ni un centavo”, - concluye.
La escena más escalofriante se desarrolla entre Fitch y, por supuesto, Rohner, frente a frente en el baño de los Juzgados.
Fitch: “¿Ha basado su estrategia en la conciencia de otro?”
Rohner: “La he basado en mi propia conciencia.”
Fitch: “Ahora lo entiendo un hombre de moral que vive en un mundo de moral relativa”.
Rohner: (…) “Se trata de que esta jugando con mi cliente, con mi caso y con las reglas de la ley que gobiernan nuestro país.
Fitch: “No lo tenía por patriota (…) dada su manifiesta indiferencia por el derecho a llevar armas ¿recuerda la 2ª Enmienda”? (…) “Cree que el jurado medio es como el Rey Salomón” (…), “es un albañil con hipoteca, quiere irse a casa y sentarse en el sillón y ver los programas de la tele y le importa un jodido rábano la verdad, la justicia y el estilo de vida americano”.
Rohner: “Son personas Fitch”. (…) ¿Sabe qué Fitch? Perderá, puede que este caso no, y el siguiente tampoco, pero algún día perderá. He visto a tipos como usted antes. Porque no puede albergar tanta soberbia sin ser infeliz en la vida. Un día se encontrará solo en una habitación llena de sombras y lo único que tendrá será el recuerdo de las personas que ha destruido”.
Fitch: (…) "Puede que tenga razón, pero la verdad es que me importa una mierda."
En la película subyace también una cuestión recurrente en Estados Unidos como es la facilidad de la población para acceder a las armas de fuego y los grandes resortes de poder de la industria armamentística. Es profundo el debate que sigue abierto en la sociedad norteamericana sobre su legislación en materia de armas que arranca de la 2ª Enmienda de la Constitución que ampara este derecho, aunque se incluyera en el contexto de una sociedad muy distinta a la actual.
La reflexión sobre la ética también está presente en las funciones del equipo de Rankin Fitch que, rozando la legalidad, se dedica a estudiar los perfiles psicológicos de los miembros del jurado. La rectitud moral de todos los personajes no quedará despejada hasta el final de la película, como signo de la propia sociedad actual, en la que nadie está libre de escapar de tesituras similares. Finalmente, el testigo infiltrado (Easter) y su novia Marlee resultan no ser unos personajes amorales, descubriéndose que habían sido víctimas de un tiroteo (en el que había muerto la hermana de Marlee) y donde intervino Fitch manipulando al jurado. Por tanto, era su manera de hacer justicia. En otra escena, ante las consecuencias que la actuación del testigo infiltrado en el jurado estaba ocasionando en otros miembros (uno no soportó la presión y acabó intentando suicidarse), Easter, conversando con su compañera, valora la posibilidad de abandonar (porque no todo vale con tal de conseguir un propósito, por muy admirable que sea): “Están coaccionando a esa gente, pueden llegar a matar” (…) “hay un límite”, -le dice.
La película, no obstante, termina de forma esperanzadora, blandiendo la conciencia de las personas. Marlee y Nick Easter le cuentan a Fitch lo que pretendían (conseguir que dejara de manipular jurados). Aún Fich le pregunta a Easter: “¿Cómo les puso de su parte? He oído que consiguió diez votos, ¿Cómo les convenció?”, pero la respuesta de este resume este mensaje: “Yo no les convencí, sólo evité que usted lo hiciera. Votaron con el corazón (con la conciencia)”. Sáinz Moreno, en fin, sostiene que “la conciencia de cada uno sigue siendo el criterio esencial de toda ética; ese conocimiento que cada uno de nosotros tiene del bien y del mal y que ninguna regla exterior puede hacer callar”
sábado, 20 de diciembre de 2008
ÉTICA PÚBLICA

El cine como recurso para su educación J.J. Rodríguez-Lewis
Fátima Llarena Ascanio
Son muchos los que consideran que la actual corrupción no es sino una de las manifestaciones de la degradación de los valores morales. Hoy vivimos en el mundo occidental una crisis de valores, la mayor parte de tradición cristiana. Asistimos, pues, a una fisura patente de los valores morales en el ámbito político y en la esfera privada. Entre los políticos y entre los ciudadanos. Pero no siempre ha sido así. En algunas épocas la inmoralidad de la clase política contrastaba con la rectitud del ciudadano medio y, en otras, era al revés. Hoy, ni unos ni otros están en condiciones de elevar su voz pidiendo moralidad. Y no es infrecuente que, a veces, en ciertos sectores hasta se encuentre justificada la conducta corrupta de sus líderes.
La realidad es que en cualquiera de las dos esferas debe regir una misma ética. Porque el hombre público no es –aunque lo parezca- de naturaleza distinta a cualquier otro hombre. Aunque no es infrecuente creer lo contrario, sobre todo entre los políticos. Esto es, entre aquellos que, en expresión de Max Weber, aspiran al poder “como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o el poder por el poder para gozar del prestigio que le confiere”.
Para su consecución o conservación, todos los medios son lícitos. No hay que acudir a Maquiavelo para tener una imagen realista del político. Como nos recuerda González Pérez, Azorín ha demostrado que en los libros más sobresalientes de los que, en nombre de la moral política, se apresuraron a combatir la moral del autor de El Príncipe, encontramos máximas sumamente significativas de lo que debe ser el político: recomendaciones como la de que se debe conocer a los dichosos para arrimarse a ellos, así como a los desdichados para huir de sus personas; o advertencias como la de que es preciso darse maña e industria para hacer que recaiga en terceras personas la censura de los desaciertos y el castigo común de la murmuración; o el apotegma de que “lo que no puede facilitar la violencia, facilite la maña, consultada con el tiempo y la ocasión”; o esta otra advertencia, que es una maravilla de astucia: “ocultos han de ser los consejos y designios de los príncipes, con tanto recato que tal vez ni aun sus ministros los penetren, antes los crean diferentes y sean los primeros que queden engañados, para que más naturalmente y con mayor eficacia, sin el peligro de la disimulación, que fácilmente se descubre, afirmen y acrediten que tienen por cierto, y beba el pueblo de ellos el engaño, con que se esparza y corra por todas partes”. El propio Séneca escribió hace muchos siglos que la corrupción es un vicio de los hombres, y no de los tiempos.
La ética pública es, por consiguiente, una concreción, en el campo de lo público, de las objetivas, permanentes y universales normas éticas. Otra cosa es que se hable de ética pública, no como algo distinto de la ética privada, sino como proyección en el ámbito público de los principios éticos comunes.
La preocupación por la ética pública es hoy general, como se ha puesto de manifiesto desde el I Congreso Internacional de Ética pública celebrado en Washington en noviembre de 1994 o desde la elaboración del denominado Informe Nolan, encargado por el Primer Ministro británico y presentado en el Parlamento del Reino Unido en 1995 sobre la deseable conducta en la vida pública, y que afirmaba, entre otras consideraciones: “la debilidad humana estará siempre presente entre nosotros; siempre pueden cometerse errores, y el corrupto buscará nuevas vías para jugar con el sistema”.
En la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, de 6 de agosto de 1993, se nos advierte (parágrafo 101) que “en el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la Administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; (…) el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costa el poder, son principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento del Estado”.
En definitiva, es la dignidad humana la que marcará las pautas de conducta, y esta se encuentra asentada en nuestra propia conciencia. Ahora bien, en la formación de esa conciencia, desde la niñez, han influido factores muy diversos. Y hoy la influencia ejercida por el hogar, la Iglesia y la escuela es menos intensa que antaño, mientras que la influencia de los medios de comunicación es mayor que nunca. Cine, televisión y prensa muestran al público normas éticas que son buenas o malas o, a veces, simplemente amorales, que influyen en nuestro comportamiento.
Por ello, en la actualidad, la creatividad ética es más necesaria que nunca en un mundo dominado por el cine, la televisión, la publicidad, los videojuegos e Internet. Estos medios, en muchas ocasiones, suplantan a la realidad y ejercen un papel indudable en la configuración de la sociedad. Se podría decir que miles de personas han alimentado su concepción del hombre y del mundo con los contenidos ofrecidos por los medios audiovisuales. Los deseos, proyectos y sueños de muchos individuos están poblados de imágenes publicitarias, televisivas y fílmicas. Mucha gente besa como se besa en el cine, o hace negocios como en el cine, o incluso mata como en el cine.
El mundo de la imagen juega un papel fundamental en la formación de la individualidad de los más jóvenes, de las ideas que obtienen acerca de los demás, y del lugar que pueden ocupar en el mundo. El cine y la televisión se transforman en agentes de socialización primaria, complementado o sustituyendo a las instituciones tradicionales. En comparación con los métodos educativos tradicionales, y por su capacidad de recrear de manera verosímil mundos reales o virtuales, la pantalla consigue que los espectadores más vulnerables le otorguen una autoridad tanto sobre lo que la realidad es (dicen que epistemológica y metafísica) como sobre lo que la realidad debería ser (deontológica).
Pero el cine y la televisión no sólo reflejan lo que perciben en la realidad social, sino que son capaces de crear modelos de conducta, patrones culturales, que acaban siendo asumidos en algún grado por esa misma sociedad. David Puttnam (productor de Carros de fuego, Los gritos del silencio o La Misión) nos recuerda que “buenas o malas, las películas tienen un poder enorme: dan vueltas en el cerebro y se aprovechan de la oscuridad de la sala para formar o confirmar actitudes sociales. Pueden ayudar a crear una sociedad saludable, participativa, preocupada e inquisitiva; o por el contrario, una sociedad negativa, apática e ignorante”[6].
Debido al gran poder de imitación que suscitan las imágenes, el cine y la televisión tienen una fuerza persuasiva indudable, porque nuestra identidad se configura de modo narrativo e imaginativo. Parece evidente que el contexto sociocultural creado por los medios de comunicación influye de un modo considerable en la opinión que se tenga sobre un tema y en la educación.
Por todo ello, el cine se configura como un recurso educativo de primer orden que puede contribuir a actuar eficazmente en el campo de la ética pública o política como tendremos oportunidad de comprobar con las películas recomendadas. “Para mí –ha dicho Benito Zambrano (director de Solas)-, el cine es un arte que además de divertir tiene que aportarnos algo útil para mejorar y transformar el mundo en el que vivimos”.
La realidad es que en cualquiera de las dos esferas debe regir una misma ética. Porque el hombre público no es –aunque lo parezca- de naturaleza distinta a cualquier otro hombre. Aunque no es infrecuente creer lo contrario, sobre todo entre los políticos. Esto es, entre aquellos que, en expresión de Max Weber, aspiran al poder “como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o el poder por el poder para gozar del prestigio que le confiere”.
Para su consecución o conservación, todos los medios son lícitos. No hay que acudir a Maquiavelo para tener una imagen realista del político. Como nos recuerda González Pérez, Azorín ha demostrado que en los libros más sobresalientes de los que, en nombre de la moral política, se apresuraron a combatir la moral del autor de El Príncipe, encontramos máximas sumamente significativas de lo que debe ser el político: recomendaciones como la de que se debe conocer a los dichosos para arrimarse a ellos, así como a los desdichados para huir de sus personas; o advertencias como la de que es preciso darse maña e industria para hacer que recaiga en terceras personas la censura de los desaciertos y el castigo común de la murmuración; o el apotegma de que “lo que no puede facilitar la violencia, facilite la maña, consultada con el tiempo y la ocasión”; o esta otra advertencia, que es una maravilla de astucia: “ocultos han de ser los consejos y designios de los príncipes, con tanto recato que tal vez ni aun sus ministros los penetren, antes los crean diferentes y sean los primeros que queden engañados, para que más naturalmente y con mayor eficacia, sin el peligro de la disimulación, que fácilmente se descubre, afirmen y acrediten que tienen por cierto, y beba el pueblo de ellos el engaño, con que se esparza y corra por todas partes”. El propio Séneca escribió hace muchos siglos que la corrupción es un vicio de los hombres, y no de los tiempos.
La ética pública es, por consiguiente, una concreción, en el campo de lo público, de las objetivas, permanentes y universales normas éticas. Otra cosa es que se hable de ética pública, no como algo distinto de la ética privada, sino como proyección en el ámbito público de los principios éticos comunes.
La preocupación por la ética pública es hoy general, como se ha puesto de manifiesto desde el I Congreso Internacional de Ética pública celebrado en Washington en noviembre de 1994 o desde la elaboración del denominado Informe Nolan, encargado por el Primer Ministro británico y presentado en el Parlamento del Reino Unido en 1995 sobre la deseable conducta en la vida pública, y que afirmaba, entre otras consideraciones: “la debilidad humana estará siempre presente entre nosotros; siempre pueden cometerse errores, y el corrupto buscará nuevas vías para jugar con el sistema”.
En la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, de 6 de agosto de 1993, se nos advierte (parágrafo 101) que “en el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la Administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; (…) el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costa el poder, son principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento del Estado”.
En definitiva, es la dignidad humana la que marcará las pautas de conducta, y esta se encuentra asentada en nuestra propia conciencia. Ahora bien, en la formación de esa conciencia, desde la niñez, han influido factores muy diversos. Y hoy la influencia ejercida por el hogar, la Iglesia y la escuela es menos intensa que antaño, mientras que la influencia de los medios de comunicación es mayor que nunca. Cine, televisión y prensa muestran al público normas éticas que son buenas o malas o, a veces, simplemente amorales, que influyen en nuestro comportamiento.
Por ello, en la actualidad, la creatividad ética es más necesaria que nunca en un mundo dominado por el cine, la televisión, la publicidad, los videojuegos e Internet. Estos medios, en muchas ocasiones, suplantan a la realidad y ejercen un papel indudable en la configuración de la sociedad. Se podría decir que miles de personas han alimentado su concepción del hombre y del mundo con los contenidos ofrecidos por los medios audiovisuales. Los deseos, proyectos y sueños de muchos individuos están poblados de imágenes publicitarias, televisivas y fílmicas. Mucha gente besa como se besa en el cine, o hace negocios como en el cine, o incluso mata como en el cine.
El mundo de la imagen juega un papel fundamental en la formación de la individualidad de los más jóvenes, de las ideas que obtienen acerca de los demás, y del lugar que pueden ocupar en el mundo. El cine y la televisión se transforman en agentes de socialización primaria, complementado o sustituyendo a las instituciones tradicionales. En comparación con los métodos educativos tradicionales, y por su capacidad de recrear de manera verosímil mundos reales o virtuales, la pantalla consigue que los espectadores más vulnerables le otorguen una autoridad tanto sobre lo que la realidad es (dicen que epistemológica y metafísica) como sobre lo que la realidad debería ser (deontológica).
Pero el cine y la televisión no sólo reflejan lo que perciben en la realidad social, sino que son capaces de crear modelos de conducta, patrones culturales, que acaban siendo asumidos en algún grado por esa misma sociedad. David Puttnam (productor de Carros de fuego, Los gritos del silencio o La Misión) nos recuerda que “buenas o malas, las películas tienen un poder enorme: dan vueltas en el cerebro y se aprovechan de la oscuridad de la sala para formar o confirmar actitudes sociales. Pueden ayudar a crear una sociedad saludable, participativa, preocupada e inquisitiva; o por el contrario, una sociedad negativa, apática e ignorante”[6].
Debido al gran poder de imitación que suscitan las imágenes, el cine y la televisión tienen una fuerza persuasiva indudable, porque nuestra identidad se configura de modo narrativo e imaginativo. Parece evidente que el contexto sociocultural creado por los medios de comunicación influye de un modo considerable en la opinión que se tenga sobre un tema y en la educación.
Por todo ello, el cine se configura como un recurso educativo de primer orden que puede contribuir a actuar eficazmente en el campo de la ética pública o política como tendremos oportunidad de comprobar con las películas recomendadas. “Para mí –ha dicho Benito Zambrano (director de Solas)-, el cine es un arte que además de divertir tiene que aportarnos algo útil para mejorar y transformar el mundo en el que vivimos”.
Películas recomendadas para políticos: “El Jurado”, “Candidata al poder”, “Negligencia Médica”, “Toda la verdad”, “Relaciones confidenciales”, “Primary Colors”, “Syriana”, “Erin Brockovich”, “La Intérprete”, “Todos los hombres del Presidente”, “L.A. Confidential” & “Acción Civil”.
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